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17.2.10

Triumph Bonneville SE: auténtica













Estoy gratamente sorprendido. Nunca pensé que la Bonneville moderna fuese tan bien. 10 años después del resurgimiento de la Bonnie, la nueva versión SE 2010 moderniza un poco el concepto original.

Cuando la presentaron el año pasado, me decepcionó un poco: ¿llantas de palos? Afortunadamente, sigue en catálogo la verdadera versión clásica, la T100 (9.595 €), con radios, asiento liso, guardabarros envolventes, fuelles, silenciosos largos y demás. Y es que la SE (9.195 €) va dirigida a aquellos que apuestan por lo retro, pero que no hacen ascos a ciertas dosis de modernidad.
Respecto a la Bonnie básica (8.495 €), la SE monta cuentavueltas, tapas de motor pulidas (en vez de en negro), logo del depósito con relieve (no pintado) y posibilidad de lucir pintura bitono. La SE está inspirada en la Bonnie 750 T140D del ’79.

La Bonnie SE es una moto cómoda, estrecha (79 cm), baja (76 cm del asiento al suelo) y muy compacta. Uno de los aspectos que más me han llamado la atención, ha sido el funcionamiento del bicilíndrico en paralelo de 865 cc y 67 CV. A pesar de su estética “carburata” (los inyectores van por dentro), la electrónica Keihin hace que la suavidad de funcionamiento sea alucinante. El tirón inicial desde parado, me recuerda incluso al de las motos eléctricas: instantáneo y directo. Llegar a 160 km/h de marcador en pocos segundos es realmente fácil. El clásico tirador de aire para facilitar el arranque en frío es un puntazo.

La manejabilidad es muy buena, casi tanto como una naked supersport. Aunque resulta pesada (empujar en parado los 225 kg llena no mola) goza de un centro de gravedad muy bajo. Entre curvas, ojo con inclinar demasiado: los reposapiés (adornados con una goma con logo Triumph) rozan fácilmente con el asfalto.
El freno delantero monodisco de 310 mm se muestra algo justo, siendo necesario tirar del trasero para compensar. Tanto las bombas como las pinzas de doble pistón son Nissin. Un aspecto a mejorar sería la suspensión, sobre todo la delantera (horquilla convencional de 41 mm). Se hunde demasiado y carece de regulación. El doble amortiguador (sólo se toca la precarga del muelle) funciona bien si vas solo, pero con acompañante las cosas cambian. Entrar en una curva a dúo es delicado si vas encendido, porque entre la altura y el tarado, es fácil que te vayas largo. Eso sí, entre el tráfico de la ciudad es ideal.

Respecto a las otras marcas, poca competencia: Harley Sportster 883 Iron, Ducati GT 1000, Guzzi V7 Classic y Royal Enfield. Por cierto, Alan Cathcart ha batido dos records de velocidad con una Bonneville Turbo en el Lago Salado de Utah superando los 266 km/h.

25.9.08

Bonneville: velocidad terminal













“No veo nada. Tengo los ojos llenos de sal y casi no puedo abrirlos. Agito convulsivamente los párpados intentando eliminar la solución salina que quema mis globos oculares. Estamos a 45º C y el sol golpea implacablemente sobre mi nuca. Estoy cociéndome dentro de mi Dainese y el sudor que cae a chorros por mi espalda ya está empapándome hasta las botas. Mi jefe de equipo Dave Morris ve que estoy en apuros, humedece una toalla de agua helada y me la coloca alrededor de los hombros, pero casi no noto la diferencia. Cuando empiezo a recuperar la visión, el indicador de temperatura de la Honda marca 115º y el hot-rod de metanol que hay a mi lado está emanando gases ácidos en mi cara. ‘Intenta controlar la respiración’, pienso, ‘toma aire por la nariz y échalo por la boca. Concéntrate en las 6 millas que tienes por delante e ignora las chispas que saltan ante tu vista’. ‘Ok, moto 1143, es su turno, ¡Adelante!’, grita el juez de salida a través de sus auriculares dirigiéndose hacia mí con el pulgar hacia arriba. Pongo primera en la CBR y hago patinar la rueda trasera en las tres primeras marchas al arrancar sobre la legendaria superficie de Bonneville. En ese momento, todo el calor y el sufrimiento se olvidan al instante, ¡Vamos a establecer un nuevo récord del mundo!”. (John Cantlie, revista TWO wheels only)

Alcanzar más de 400 km/h sobre una moto es posible... por lo menos para los amantes de los récords puros de velocidad. El estado de Utah, al suroeste de EE.UU, es conocido por las llanuras salinas de Bonneville, consideradas por muchos como la meca de la velocidad. Hasta allí llegan entusiastas de todo el planeta para llevar sus máquinas al límite de rendimiento. Las primeras carreras se celebraron en 1949 y desde entonces ya han caído varios récords mundiales en esta vasta extensión de terreno, de aspecto lunar, donde pega el sol a dolor y hay un suelo más duro y áspero que el asfalto. Lo único que ves es el blanco de la sal, el azul del cielo, las montañas en el infinito y la suave curvatura de la tierra perdiéndose en el horizonte.
Hay dos semi-pistas que corren casi paralelas una la lado de la otra. Cada una tiene 1,6 km de calentamiento, después 5/10 km para correr (dependiendo de la potencia de la máquina se elige la pista corta o la larga) y finalmente 1,6 km más para decelerar.

Aquí se celebran 3 eventos anuales: Speed Week (agosto), World of Speed (septiembre) y World Finals (octubre). Cualquier cosa con motor y ruedas puede participar en las casi 30 categorías que posee. El año pasado, un equipo de Oviedo (apoyado por el Motoclub Bañezano y capitaneado por Pepín San Millán y Agustín Fernández) probó suerte con una BSA 500 en la categoría de 500 cc con distribución por varillas.
Aparte de todo esto, lo mejor de todo es que desde hace 5 años en septiembre se viene corriendo la Bub Motorcycle Speed Trials, un evento de velocidad exclusivo para motos... y sucedáneos, claro. Se corren 6 categorías: motos, sidecars, cyclecars, especiales, streamliners y eléctricos. Para que los récords de velocidad sean oficiales hay que hacer dos pasadas a la pista, ida y vuelta.

Correr sobre la sal es todo un desafío: aerodinámica, agarre, rendimiento (los motores sufren por la falta de oxígeno ya que Bonneville está a 1.200 m sobre el mar), viento... son elementos clave para llevar a buen puerto el desafío. Además del lago salado de Bonneville, el más prestigioso, hay otros escenarios en los que probar engendros mecánicos al máximo: el Lago salado de Gairdner (Australia) o los desiertos de Black Rock (Nevada) y Edwards AFB (California).